Se aferró a mi saco.
—Alejandro, por favor. Octavio me manipuló. Yo nunca quise que murieras. Te juro que todavía te amo.
La miré.
Durante cuarenta años había conocido aquel rostro.
Había dormido a su lado, celebrado aniversarios, soportado enfermedades y construido una vida creyendo que aquella mujer era mi hogar.
Ya no sentía rabia.
Eso era lo extraño.
Sólo veía a una desconocida.
—El amor no intenta detenerte el corazón con una cápsula.
Teresa comenzó a llorar.
—Perdóname.
—El perdón quizá llegue algún día. La confianza no.
Los agentes la separaron de mí.
Uno por uno salieron del salón.
Camila llorando.
Rodrigo sin atreverse a mirarme.
Octavio destruido por descubrir que su propia ambición había terminado enfrentando a sus dos hijos.
Y Teresa, que antes de entrar al elevador volvió la cabeza esperando que yo hiciera algo.