Llamé a Gabriel Ortega, abogado de mi empresa desde hacía veinte años. Le entregué una muestra para un análisis urgente.
Antes de salir de casa ocurrió algo todavía más extraño.
Un mensajero llegó con un paquete dirigido a Teresa.
Lo recibí yo.
Dentro había un teléfono desechable.
Sólo tenía un mensaje:
“El intento en Monterrey falló. Dale hoy las cápsulas. Debe morir antes de la junta del viernes.”
Ya no necesitaba suposiciones.
Necesitaba pruebas.
Y necesitaba a alguien en quien confiar.
Por eso fui a buscar a Valeria.
Mi hija.
Llevábamos casi tres años distanciados porque yo había cometido el error más grande de mi vida: siempre consideré a Rodrigo mi heredero y traté a Valeria como si su talento no perteneciera al mundo de los negocios familiares.
Ella había construido por su cuenta un despacho de arquitectura exitoso.