Álvaro estacionó y continuó a pie.
Su madre abrió la puerta de una pequeña vivienda situada detrás de un taller cerrado.
Las paredes exteriores estaban agrietadas. Una bombilla iluminaba débilmente el patio.
Álvaro escuchó su voz al otro lado de una ventana.
—Joaquín, cariño, he traído algo de cenar.
Entonces oyó una respuesta que jamás habría imaginado.
—¿Has podido ver a nuestro Álvaro?
Era su padre.
Álvaro se aproximó y miró a través del cristal.
Joaquín estaba sentado en una silla de ruedas vieja, junto a una estufa eléctrica apagada. Llevaba una manta sobre las piernas y tenía el rostro mucho más delgado que en las fotografías enviadas por Ricardo.
Carmen colocó los 2 bollos sobre un plato.
—Lo he visto, pero estaba rodeado de gente.
Joaquín suspiró.
—Quizá sea mejor así. Después de aquella carta, no quiero volver a suplicarle nada.