Aprendió a hacer una coleta decente.
Aprendió qué tipo de cuaderno debía comprar cuando en la lista escolar decía algo que él no entendía.
Aprendió a distinguir cuándo su hija estaba realmente enferma y cuándo solo necesitaba quedarse abrazada a él diez minutos más.
Y también aprendió a esconder sus días difíciles.
Camila todavía era pequeña.
Alejandro no quería que creciera sintiendo que debía cuidar de su padre.
Por eso intentaba sonreír incluso cuando las cuentas se acumulaban sobre la mesa.
Sus compañeros de trabajo conocían una parte de su historia, pero nunca habían entendido del todo su manera de vivir.
Para ellos, Alejandro era el hombre que rechazaba las salidas del viernes.
El que no se quedaba hasta tarde tomando algo.
El que decía:
—No puedo. Tengo que recoger a mi hija.