Al principio lo respetaban.
Después comenzaron las bromas.
—Ya pareces abuelo.
—Tienes treinta y tantos, no setenta.
—Necesitas conocer a alguien.
Alejandro solía reírse y cambiar de tema.
No estaba en contra de enamorarse otra vez.
Simplemente no lo buscaba.
Había tardado años en reconstruir una rutina que le permitiera respirar sin sentir que todo podía desaparecer de nuevo.
No quería introducir a cualquier persona en la vida de Camila.
Y, en secreto, tampoco estaba seguro de poder soportar otra pérdida.
Pero tres de sus compañeros tomaron su silencio como aburrimiento.
Uno de ellos, Sergio, tuvo la idea.
—Vamos a conseguirle una cita.
Al principio parecía una propuesta inocente.
Luego alguien sugirió convertirla en una broma.
Encontraron a Daniela a través de un conocido que frecuentaba el mismo café donde uno de ellos desayunaba.
Ella tenía 32 años, trabajaba llevando la administración de un pequeño negocio familiar y también llevaba bastante tiempo soltera.