Era una mujer amable, reservada y de conversación tranquila.
Pero durante casi toda su vida adulta había tenido que soportar comentarios sobre su cuerpo.
Personas que hablaban con ella con condescendencia.
Hombres que parecían interesados por mensajes y cambiaban de actitud al verla en persona.
Amigas que intentaban ayudar diciendo frases que, sin querer, dolían más.
Daniela había aprendido a fingir que aquello no le afectaba.
Sonreía.
Cambiaba de tema.
Volvía a casa.
Y muchas veces lloraba donde nadie pudiera verla.
No sabía que Sergio y sus amigos buscaban precisamente a alguien que, según ellos, pudiera provocar una reacción incómoda en Alejandro.
A Daniela le dijeron otra cosa.
Le contaron que tenían un compañero viudo, trabajador y tranquilo que casi nunca salía.
—Es buen tipo —le aseguraron—. Solo necesita que alguien le dé una oportunidad.