Sus compañeros prepararon una cita cruel para humillarlo, pero su reacción dejó a todo el restaurante en silencio

Ella dudó durante varios días.

Había prometido no volver a aceptar citas organizadas por otras personas.

La última había terminado con un hombre mirando el teléfono durante cuarenta minutos antes de inventar una excusa para marcharse.

Aun así, terminó diciendo que sí.

No porque estuviera desesperada.

Sino porque una parte de ella seguía creyendo que no todas las historias tenían que terminar igual.

Alejandro también aceptó después de mucha insistencia.

—Solo una cena —le dijeron.

—Si no funciona, no pasa nada.

Aquella tarde, antes de salir de casa, abrió el clóset y se quedó varios minutos mirando la poca ropa que tenía para ocasiones especiales.

Finalmente eligió una camisa blanca sencilla.

Camila apareció detrás de él mientras intentaba acomodarse el cuello frente al espejo.

—Esa es la buena —dijo la niña.

Alejandro sonrió.

—¿La buena?

—Sí. La de la suerte.

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