—No sabía que tenía una camisa de la suerte.
—Pues ahora ya sabes.
Camila lo observó unos segundos.
—¿Vas a conocer a una señora?
Alejandro se quedó quieto.
—Voy a cenar con alguien.
—Entonces sí.
—¿Quién te enseñó a preguntar tantas cosas?
Camila se encogió de hombros.
—Tú.
Alejandro soltó una carcajada.
Antes de salir, su hija le acomodó un poco la camisa con ambas manos.
—No estés nervioso.
—No estoy nervioso.
—Sí estás.
Tenía razón.
Mientras tanto, Daniela había pasado casi una hora cambiándose de ropa.
No buscaba llamar la atención.
Solo quería sentirse cómoda.
Terminó eligiendo una blusa azul oscuro, pantalones negros y unos zapatos sencillos.
Se miró frente al espejo.
Por un instante pensó en cancelar.
Después recordó algo que su hermana le había dicho tiempo atrás:
“No tienes que hacerte pequeña para que nadie se sienta cómodo.”