Así que tomó su bolso y salió.
El restaurante estaba en una zona concurrida de Querétaro.
Era uno de esos lugares donde las mesas estaban bien separadas, las luces eran cálidas y casi todo el mundo hablaba en voz baja.
Alejandro llegó primero.
Pidió agua.
Revisó el teléfono.
Tenía un mensaje de Camila.
“SUERTE PAPÁ.”
Debajo había dibujado un corazón torcido.
Alejandro todavía estaba sonriendo cuando Daniela entró.
La reconoció por la descripción que le habían dado.
Se puso de pie inmediatamente.
—¿Daniela?
Ella asintió.
—Alejandro.
—Mucho gusto.
Él movió la silla para que pudiera sentarse.
Daniela agradeció el gesto.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas sencillas.
El tránsito.
La dificultad para encontrar estacionamiento.
El menú.
Pero entonces Daniela vio a los tres hombres en la otra mesa.
Uno era Sergio.
Los había visto antes, cuando le presentaron la idea de la cita.