Al principio pensó que quizá habían ido por casualidad.
Después vio el teléfono.
Sergio apuntaba hacia ellos mientras sus amigos contenían la risa.
Daniela sintió que el estómago se le cerraba.
Conocía aquella sensación.
La había sentido en la escuela.
En fiestas.
En una reunión familiar donde un hombre había hecho un comentario creyendo que ella no podía escucharlo.
Era esa fracción de segundo en la que uno entiende que no está participando en el chiste.
Uno es el chiste.
Bajó la mirada.
Alejandro seguía hablando, pero ella apenas escuchaba.
—¿Daniela?
Ella levantó los ojos.
—Perdón.
—¿Quieres que nos vayamos?
La pregunta la sorprendió.
—¿Qué?
—No tienes que quedarte aquí si estás incómoda.
Daniela volvió a mirar hacia la otra mesa.
Uno de los hombres apartó rápidamente el teléfono.
Alejandro siguió su mirada.