Alejandro aprendió a leer cuentos infantiles, preparar hotcakes y aceptar que la niña pudiera decirle que no.
Un sábado, mientras cocinaban, Sofía gritó:
—¡Papá, se está quemando!
La cocina quedó en silencio.
La pequeña enrojeció.
—Perdón.
No quise decir eso.
Alejandro apagó la estufa y se agachó.
—No tienes que disculparte.
Puedes llamarme Alejandro, y si alguna vez te equivocas, tampoco pasa nada.
Sofía lo abrazó.
Pero aquella felicidad duró poco.
Ricardo descubrió una fotografía escolar donde Alejandro aparecía junto a la niña.
Reconoció inmediatamente su apellido.
Comenzó a revisar los archivos antiguos.
3 días después entró al despacho de Alejandro con una carpeta.
—Necesitamos hablar.
Sobre el escritorio colocó una autorización fechada una semana antes del incendio.
El documento aplazaba reparaciones del sistema eléctrico.
Al final aparecía la firma de Alejandro.
Él la reconoció.
—¿Dónde están los informes técnicos originales?