Mi hija se quedó rígida.
—Sí.
—¿Te caíste?
Silencio.
Yo sentía el corazón en la garganta.
Sofía buscó mi mano.
—No.
Una sola palabra.
—¿Qué pasó?
—Mi tío Sergio estaba enojado.
Cerré los ojos un instante.
Sergio, hermano menor de Mariana, llevaba años entrando y saliendo de problemas. Trabajos que duraban tres meses. Préstamos que nunca pagaba. Promesas de que ahora sí iba a cambiar.
Yo había discutido muchas veces con Mariana porque ella siempre terminaba rescatándolo.
Pero jamás imaginé esto.
—¿Por qué estaba enojado? —preguntó Robles.
—Yo entré al despacho de papá.
Eso me sorprendió.
—¿Qué hacías ahí?
—Buscaba hojas para dibujar. Mi tío estaba usando tu computadora.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué computadora?
—La de tu escritorio.
—¿Qué hizo cuando te vio?
Sofía empezó a llorar.
—Cerró todo y me dijo que me saliera. Le pregunté por qué tenía tu carpeta azul. Me agarró del brazo. Yo quise bajar y me empujó.