Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Antes de que Mauricio pudiera protestar, su suegro desconectó la consola, la envolvió cuidadosamente y la guardó en una caja.

—Empezamos por el pasillo.

—¿Hoy?

—Claro.

—Pero acabo de ir por Mariana al hospital.

Rafael lo miró.

—Y Mariana acaba de parir a tu hijo. Si ella puede empezar hoy a ser mamá, tú puedes empezar hoy a preparar una casa digna para recibirlo.

Mauricio no encontró respuesta.

Las primeras cuarenta y ocho horas fueron una pesadilla.

Después de salir de la oficina, donde trabajaba frente a una computadora, regresaba al departamento y se encontraba a Rafael esperándolo con mascarilla, guantes y alguna nueva tarea.

Quitaron pintura dañada.

Arrancaron azulejos viejos del baño.

Resanaron grietas.

Movieron muebles.

Subieron sacos de mezcla cuando el elevador del edificio estaba fuera de servicio.

Por las noches, Mauricio caía rendido sobre un colchón inflable porque Rafael había cubierto el sofá con plástico para protegerlo.

Al tercer día apenas podía levantar los brazos.

—Esto es demasiado —se quejó.

—Tener un recién nacido también debe ser pesado —respondió Rafael mientras mezclaba cemento—. Pero tú tuviste la suerte de disponer de estos tres meses libres de pañales.

El sábado llegó Teresa.

Entró al departamento cargando un recipiente con enchiladas, convencida de que encontraría a su hijo descansando frente al televisor.

En cuanto abrió la puerta, una nube de polvo la obligó a retroceder.

—¡Mauricio!

Lo encontró de rodillas, despeinado, sudando y con las manos llenas de pequeñas ampollas.

—¡Hijo! ¿Qué te hicieron?

Rafael apareció desde el baño con lentes protectores.

—Teresa, llegaste en el mejor momento.

—¿Qué está pasando aquí?

—Estamos arreglando el departamento. Fue idea de Mauricio preparar el hogar antes de que regresen Mariana y el bebé.

Teresa miró horrorizada a su hijo.

—Pero él necesita descansar.

—Precisamente por eso Mariana está con nosotros. Aquí Mauricio no tiene que levantarse de madrugada, no cambia pañales, no carga al niño. Tiene muchísimo tiempo libre.

Rafael señaló un bote y unos guantes.

—Además nos hace falta ayuda. Si quieres, puedes limpiar el polvo de la recámara mientras terminamos el baño.

Teresa retrocedió.

—Yo… tengo la presión alta.

—Puedes descansar cada veinte minutos.

—Y creo que dejé la plancha conectada.

Salió tan rápido que olvidó las enchiladas junto a la puerta.

Mauricio la vio desaparecer.

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